CALYOPE

2º PREMI0 LITERATURA EN PROSA CERTAMEN CAJAMADRID.

El primer dolor que sintió cuando salió del Hospital, con un informe que la diagnosticaba una enfermedad incurable, fue el que le produjo el pensar que no podría volver al mar.

Aquellas necesarias visitas al mar, que había realizado durante toda su vida, las intuyó en peligro de extinción, como había ido extinguiéndose todo lo que hasta ese momento la había acompañado en su existencia.

Pero nada de lo que había perdido hasta entonces tenía ahora ningún sentido. La sola y obsesiva idea de no poder ver el mar la enloquecía, se le hacía insoportable. Más que la pérdida de sus actividades habituales, de los hombres que la habían amado, de los amigos que, durante la enfermedad, la habían abandonado. Le dolía como si el mar fuera su propia vida y aquel informe le anunciara que se la iban a arrebatar.

Llegó a su hogar, que ahora le pareció más cálido, luminoso y confortable que nunca. Se dirigió a su dormitorio y lo guardó en el fondo de un armario, en un gesto de pura rebeldía. A continuación se desplomó en un sillón. frente a una ventana por donde entraba la luz cegadora de un hermoso día de primavera.

Frente aquella ventana..........¡ había llorado tanto! .... que el solo recuerdo llamó de nuevo a las lágrimas a sus claros ojos. Pero, antes de que éstas formaran cuerpo, algo le empujó a mirar su reloj y comprobar que faltaban tres horas para que saliera el ultimo tren que podría llevarla al mar. Era un reto al que no podía negarse. Era la ultima oportunidad. Y llena de emoción, lo dispuso todo para el viaje.

Quería ir sola, valerse por sí misma, comprobar en ella que aquel maldito informe estaba equivocado. Quería demostrarse y demostrar al mundo que sanaría, que volvería a vivir.

Hizo tres llamadas telefónicas; para reservar la habitación frente al mar; el billete del tren y el taxi que la condujo a la estación. Metió en un pequeña bolsa lo imprescindible, y se dijo a sí misma, en un tono que la sorprendió por el eco que le produjo, que este sería el viaje mas apasionante de su vida.

El mar era para ella el TODO. Su vida estaba intima y secretamente ligada a él. Era su luz, su armonía, su fuerza, su maestro, En él conseguía el equilibrio y la paz. No podía renunciar a él ahora en ese momento en que ella sabía que al confiarle su temor, el mar le daría la respuesta al contenido de aquel estúpido papel que firmaba un prestigioso cirujano.

Era todo muy extraño; no le preocupaba el hecho de que un sacahuesos la condenara a no poder desplazarse, a no poder moverse. En definitiva la condenaba a vivir pegada a una silla de ruedas. No, no era eso lo que le dolía. No era doloroso el hecho de que su cuerpo se hubiese paralizado; mas profundamente le dolía sentir que era su alma la que se hallaba profundamente inválida y sabía que solo el mar podría curarla. El mar, su gran amado, tenía la respuesta.

Y desde ese momento y para siempre, sintió que era poseída por una extraña fuerza. La de la llamada del silencio de las profundidades de todos los Océanos del Universo.

Qué curioso y diferente era todo desde ese nuevo estado embriagante. ¿De donde provenía ésa fuerza a la que no podría resistirse y que no le permitía derrumbarse?.

En ello pensaba cuando salió de la casa, con una ambigua sensación de paz e inquietud, tan entroncadas, que era imposible determinar con la razón qué clase de emoción la estaba invadiendo. Era una emoción dulce y fuerte a la vez, que le hacía sentir que a partir del momento en que había tomado la determinación de vivir, ya vivía.

Este , prometía, en efecto, ser el viaje más apasionante de su vida. El viaje que su alma emprendía en busca del centro vital que la empujaría a moverse en cualquier dirección o sentido.

Decidió, firmemente, olvidarse, en la medida de lo que fuera capaz, de su dolorido cuerpo., Y puesto que ya no podía facilitarle la agilidad que siempre le había caracterizado, decidió averiguar qué sucedería si permitía a su alma, apresada por el miedo, pasearse a su antojo. Permitirle que saliera de ella, librarla de la pesada carga del dolor físico.

La primera vez que tuvo constancia de ello, fue al entrar en la estación, cuando un coche la esperaba para transportarla hacia su vagón. La sonrisa del hombre que la ayudó a subir, le pareció la más tierna y dulce del mundo.

Percibía que el alma pujaba con fuerza por salir de aquel cuerpo que, aunque todavía conservaba restos de su antigua belleza, se encontraba inerme. Y no opuso ninguna resistencia a los deseos del alma.

Atravesando aquel andén, el camino le parecía deliciosamente interminable; tanto que sintió verdadero temor ante la evidencia de lo efímero.

Había recorrido en otras ocasiones ese mismo andén, cargada de equipaje, con prisas, con ansiedad, con tanta tensión, que no había tenido la oportunidad de comprobar, como lo hacía ahora, que precisamente había sido esa actividad compulsiva del cuerpo, la que la había llevado a la inmovilidad del alma, y que esta, en su defensa, le había paralizado el cuerpo.

Y llegó a esa reflexión, porque, desde ese cuerpo que apenas la sostenía , ahora observaba, por vez primera, el autentico movimiento. Podía ver, oír y sentir la vida desde una sinfonía donde toda era armónico. Observaba el movimiento de la vida de cada uno de los pasajeros y se movía con ellos.

Sus voces y el murmullo de la estación , eran ahora notas musicales de una sinfonía perfecta; con el tono justo, con los silencios obligados. Todas aquellas personas, con sus ojos, sus bocas, cuerpos, risas, formaban un maravilloso coro; y desde aquel extraño coche que la transportaba, se sintió, en un instante, en armonía con todo lo que la rodeaba. Incluso con aquel estúpido cuerpo, que tercamente, se negaba a moverse.

Todas aquellas notas musicales se alargaron en un conocido sonido: en un Din-Don que le recordó que en aquel momento, el tren que le conducía a la vida acababa de precipitarse hacia su destino.

La luz del mediodía todavía se extendía sobre las llanuras de Castilla y proyectaba sobre sus campos, a punto de florecer, una luz limpia y cristalina que presagiaba la fertilidad de las cosechas.

Las obligadas paradas que el tren hacía, le traía al recuerdo la inmensa paciencia con la que se tenía que armar en las salas de espera de los Hospitales por lo que había pasado, y deseaba que fueran cada vez más cortas, o mejor, que no existieran. Cuando proseguía su rumbo, respiraba en profundidad.

Se centró en su respiración, con tal intensidad, que cada inhalación la impulsaba meteóricamente hacia sus venas con la pura intención de darse más oxígeno.

Sabía que si respiraba más profundamente y exhalaba pausadamente, era capaz de activar algún resorte oculto, que bombeaba su circuito cerebral. Esto siempre había dado como resultado que se sintiera algo mareada.

Pero en esta ocasión, parecía que exhalaba el perfume del tomillo y el romero, de la jara y el muérdago, de la hierbabuena y los almendros en flor; de todas las hierbas y aromas del campo que aunque no pertenecían al paisaje, se habían incorporado a él.

En la medida de que el paisaje iba cambiando, su alma se enaltecía y una creciente alegría se apoderó de ella durante el trayecto.

Enseguida comenzó a sentir la dicotomía, la fragmentación, la escisión. Se sentía como una célula reproduciéndose en infinitas esporas. Inquieta, como las algas arraigadas en el fondo de ése mar que la estaba esperando. La metamorfosis era sutil pero cierta. Había comenzado el dentro-fuera desde su no-cuerpo.

Sentada en ese asiento, que ocupaba, como un pasajero más, y absorta en un paisaje que le resultaba desconocido y hermoso y por el que tantas veces había viajado, nadie habría podido imaginar lo que le estaba sucediendo, ni el alcance de su experiencia.

Seguía sintiendo como su alma salía y entraba en su cuerpo. Al principio indecisa en ese nuevo movimiento y al pronto, como si ese ejercicio (dentro-fuera), lo hubiera realizado desde siempre.

Desde aquel coche eléctrico de la estación. que ahora le parecía haber abandonado siglos antes, era una inválida a los ojos de todos. Pero allí, en aquel asiento nadie en este mundo habría podido afirmarlo si hubiera visto la expresión de su cara, la placidez de su rostro, el reflejo radiante de sus ojos, la expresión tranquila y serena de su cuerpo, que comenzaba a recobrar toda la belleza y seducción que siempre había contenido.

La libertad que le daba al alma para que se moviera a su antojo, le pareció el mas divertido de cuantos juegos había realizado nunca. La veía moverse entre las gentes, hablando con ellas, riéndose, bajándose del tren en marcha para coger las flores de los campos, cimbreándose desde la escalerilla , dejándose acariciar por los tallos del trigo que ya empezaba a florecer.

La vida propia e independiente que ya vivía le pareció algo tan excitante que estuvo a punto de alcanzar el clímax, si el vecino de su asiento no la hubiera interrumpido, disculpándose para ir al lavabo. Pero al verificar al poco que estaba en aquel compartimiento, completamente sola, volvió a emocionarse y se abandonó a la sensación libidinal y placentera que le producía ahora su cuerpo a pesar de que se encontraba exhausto por el cansancio del viaje.

Lo que diferenciaba este de los otros viajes que había hecho hasta entonces era que, al invertir el orden de lo establecido, el orden que ella conocía, era su espíritu el que viajaba y aquel obtuso cuerpo que se rebelaba al movimiento, un acompañante al que había que cuidar. Una pobre y débil criatura que quería aferrarse a una madre inalcanzable.

El alma invitó al cuerpo a que la acompañara a recorrer las llanuras por las que ahora viajaban; aquellos andenes, aquellos vagones. A que hablara y se comunicara con aquellas gentes. Pero el cuerpo prefirió estar sentado. No podía andar.

Le dijo. Ve tu sola, muévete por mi, habla por mi, corre por mi, Danza sin parar. Vive, y cuando lo hayas hecho, vuelve y me transmites Embriágame con tu experiencia. Solo tu puedes hacerlo por mí, terminó suplicando.

Frente a la pantalla que proyectaba una película, se quedó dormida con una placidez hasta ahora desconocida que la embargó.

Su espíritu continuaba moviéndose libremente entre los vagones. Explorando, como un niño que descubre por vez primera algo. Se movía como si tuviera corporeidad y seguía jugando a sentirse libre. Cerca de La Mancha, se apresuró a volver al cuerpo.

La toma de conciencia de la escisión, le produjo un dolor y una inquietud que le obligó a comunicarse con el cuerpo. Había percibido la catarsis que le producía la separación que ambos (cuerpo y alma) estaban experimentando.

El alma se apresuró en acudir de nuevo a despertar a su continente, pero al llegar junto a este, como si su solo deseo hubiese sido suficiente, encontró al cuerpo despertándose, desperezándose, tratando de seguir con el olfato el aroma que llegaba de aquellos campos sembrados de olivos que ahora travesaban.

Cuando miró al reloj, para prever el tiempo que faltaba para llegar al mar, sintió que su alma había vuelto y estaba con ella.

La corporeidad que el alma había adquirido en su experiencia fuera del cuerpo era tan sutil, tan imperceptible, que le permitía entrar en contacto con las almas de los demás viajeros sin que ellos sintieran el intrusismo. Le permitía ser aroma y aceituna, trigo y amapola, vagones y raíles.

Traspasaba, como quería el umbral de los sueños de aquellos que todavía dormían. Observaba el movimiento de todo hasta hacerlo suyo..

Respiraba el aire y sintiéndose aire, respiraba la vida. Aspiraba con avidez, el olor ácido y metálico de aquel compartimiento mezclado con el de todos los cuerpos que, juntos, compartían el viaje.

Ahora que su alma era libre, ahora que ya no sentía su cuerpo, ni su dolor, sin forma definida, nada la ataba .

Aquel trayecto era solo el umbral que debía traspasar para llegar al mar.

A veces sentía escalofríos al imaginar qué sucedería si el alma, en sus excursiones decidiera no volver; pero rechazaba estos pensamientos con la misma fuerza con la que guardó en el armario aquel informe que, ahora, le parecía de otra época, como perteneciente a un mundo del que poco a poco, se iba desvinculando.

Se estremeció ahondando en estos pensamientos hasta el momento en que su alma empezó a aspirar, a través del olor metálico, el delicioso aroma que ya comenzaba a llegar del mar. Ya estaba cerca, ya lo sentía en ella como si lo estuviera bebiendo. Y cuando ambos, cuerpo y alma, lo experimentaron en el mismo instante, ya no les importó el destino de aquel viaje porque allí, en ese momento , se inundaron el uno de la otra, como si una ola los invadiera, como si el olor del mar, tan próximo, les hubiera ocupado todos los sentidos.

Se sintió mojada, destilaba agua por todo su cuerpo. Un agua dulce y perfumada que la acariciaba y la derretía, Como si la sal que contenía aquella ola estuviera modelando en ella un nuevo cuerpo, con un magnífico espíritu. Un cuerpo más grácil, más espontáneo, más ligero, más flexible. Un espíritu más libre.

Ahora percibía el aroma de las aceitunas que se desprendía de los campos de olivos que habían atravesado, como si actuara de bálsamo engrasante para sus delicadas y anquilosadas vértebras.

Al finalizar el trayecto y como en un acto nacido de la pura voluntad, su cuerpo.....¡ hacía tanto tiempo!.... se incorporó por sí mismo. Se asustó y cayo de nuevo en el asiento; pero se dio cuenta de que no era su cuerpo, sino el miedo, el que la había empujado violentamente, el que la quería relegar a la inmovilidad. Y recordó que había visto ese mismo miedo en sus propios ojos al salir de su casa para hacer este viaje.

Desde el momento en que reconoció su miedo, este se esfumó y ante su desaparición recobró fuerzas e intentó incorporarse de nuevo. Se había levantado. Erguida, Apoyada en su propio centro.

Sus débiles piernas todavía la sostuvieron un instante. En ese instante había cruzado el umbral de la vida. Esa travesía era el umbral que ella había traspasado.

Comprendió que si permitía a su espíritu ser libre e independiente, nunca más sometería al cuerpo y podría bailar en la gran danza de la vida. Comprendió la equivocación de los médicos que la habían tratado, su propia equivocación y comprendió para siempre, que su alma era ya indestructible.

Tomaba conciencia de esto cuando llego ante el mar. Pero el mar no era el de siempre. El mar era ella misma. Lo sentía con la misma intensidad que había sentido la ola en el vagón, en sus primeras fusiones con el alma.

El aire puro que acompañaba al ocaso, insuflaba su alma de gozo y el sonido del viento, trajo aquella música que oyó en la estación, con las mismas notas, pero con una vibración que se expandía y multiplicaba infinitamente por la inmensidad del mar.

Al instante todo cantaba: las algas, los peces, la arena, el aire, las gaviotas.... TODO entonaba una hermosa melodía; y cuando las notas alcanzaban su tono más rotundo y ella recordaba unos versos que decía: "Vendrás de noche Dios de los olvidos, de la bastarda soledad del día muerto". Vendrás de noche, cuando esté despierta soñando con un viaje interminable. Tu me dirás. Yo soy. Habrá una cuerda rota en el instante y entonces, nuestra unión será perfecta, cuando TU nuevamente hagas de nudo".., El sol se ocultó y cuerpo y alma se desnudaron frente al mar.

Bailando juntos la danza de la vida, se introdujeron en las cálidas aguas marinas. Había llegado a su destino. Comenzaba la vida.